Fue una mañana en la que el aire pesaba más de lo normal.

El sol apenas alcanzaba a colarse entre los barrotes de las ventanas, y dentro de la oficina, el reloj marcaba las diez con un zumbido bajo que parecía estar allí solo para recordarle al silencio que debía mantenerse en su lugar.

Kenji estaba sentado en su silla, en el rincón de siempre. Las manos en el regazo. La espalda recta. La cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, como si el suelo ofreciera respuestas. David hojeaba un libro sin título, sin urgencia. Todo seguía su curso habitual.

Hasta que la puerta se abrió sin aviso.

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¡AVISO! si te interesa reconocer la perspectiva del personaje contrario, se recomienda leer el siguiente apartado:

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✧˚ · . Desarrollo

Entró un hombre que Kenji nunca había visto. Cabello azul, piel clara, mirada sin expresión. No dijo nada. No miró a David. No miró a Kenji. Solo entró, como si el espacio ya le perteneciera, y trajo de la mano a un niño.

El niño tenía el cabello blanco con mechones azules, que le caían sobre la frente en pequeños remolinos. La ropa le quedaba un poco grande. Sus ojos —grandes, oscuros, con esa clase de brillo inestable que tienen los que piensan demasiado rápido— lo miraban todo con una mezcla de alerta y curiosidad contenida.

David levantó la vista, y bastó una sola mirada para que el hombre lo soltara.

El niño dio un paso adelante, titubeando.

David extendió la mano sin hablar y le hizo una seña con los dedos.

Siéntate.

El niño lo hizo, en una silla distinta a la de Kenji, pero cerca. El hombre no se quedó. No se despidió. Solo salió como había entrado. Como una sombra sin dueño.

David permaneció en silencio unos segundos más. Luego alzó la voz con una calma que no aceptaba réplica:

—Tú.

La secretaria que pasaba por el pasillo se detuvo.