Tenía nueve años.

Y era uno de esos días grises en los que el silencio se acomodaba mejor que cualquier voz.

Ryan estaba en su habitación, con las piernas cruzadas en el suelo, rodeado de papeles.

Dibujaba un bosque con animales diminutos que solo él entendía.

Las ramas eran líneas largas y nerviosas.

Las sombras tenían ojos.

Y los ojos eran siempre suyos.

No supo cuánto tiempo llevaba ahí cuando la puerta se abrió.

Daisy.

No entró de golpe.

No gritó.

Solo se quedó de pie en el umbral, con el abrigo aún puesto y la expresión más apagada de lo usual.

Ryan la miró como quien mira algo que no termina de creerse real.

Ella no venía a su cuarto.

No miraba sus dibujos.

No le hablaba directamente desde que tenía memoria.

Pero esa vez, lo miró.

Y habló.

—Ven conmigo.

Eso fue todo.