Al principio, Kenji solo pensó que era otra oficina.

Una más de esas en las que lo dejaban como bulto incómodo. El mismo sofá viejo. El mismo olor a papel y metal. Una lámpara de pie que zumbaba en la esquina. Y la puerta cerrada, con seguro desde afuera.

Pero había algo diferente.

El hombre.

Lo vio por primera vez de espaldas, sentado frente a un escritorio limpio, sin papeles. El cabello negro, perfectamente peinado hacia atrás. Humo suspendido en el aire, flotando sin apuro. Y cuando giró el rostro, los ojos rojos.

Rojos de forma natural. Sin sangre, sin furia.

Solo… intensos. Como brasas vivas. Como algo que te veía sin pedir permiso.

No dijo su nombre. No se presentó.

Solo hizo un gesto hacia una pequeña silla, y Kenji entendió que debía sentarse ahí.

—No hables —le dijo, sin mirarlo—. No mientas. No estorbes.

Y todo va a ir bien.

Era la primera vez que una orden le sonaba amable.

Los primeros días fueron idénticos.

Misaki lo dejaba. Kenji se sentaba. El hombre —David, como otros lo llamaban— trabajaba. A veces hablaba por teléfono en otro idioma. A veces leía sin moverse por horas.

Kenji no hablaba. No hacía ruido. Solo observaba. Esperaba. Aprendía.

Una tarde, sin girarse, David murmuró:

—Sabes escuchar, ¿verdad?

Kenji asintió.