La casa de los Lee no estaba precisamente en el centro de la ciudad, pero sí lo suficientemente cerca como para ser parte del ruido de las familias importantes. Era una casa grande, con ventanales limpios, jardines cuidados, y una cocina que siempre olía a pan caliente por las mañanas. Desde afuera, cualquiera pensaría que ahí vivía una familia feliz. Una de esas que se ven en revistas.

Y en parte era cierto.

Tenían dinero, buenos modales, y una rutina que jamås se rompía. Papå en su estudio, mamå en su jardín, los hermanos mayores con sus tareas, y los pequeños jugando o mirando la televisión. Eran cuatro hijos. Pero hoy, esta historia es sobre Iseth .

ISETH era el tercer hijo. El Ășltimo de los varones. TenĂ­a una sonrisa tranquila, como si siempre supiera algo que los demĂĄs no. Y la verdad
 sĂ­ lo sabĂ­a.

Desde muy chico, Iseth habĂ­a aprendido a no hacer ruido. A no preguntar demasiado. A no reaccionar cuando no era necesario. Su madre solĂ­a decirle que era “raro”, pero Ă©l sĂłlo sonreĂ­a. “Me gusta pensar mucho”, respondĂ­a siempre.

La verdad era otra.

Desde los 11 años, Iseth sabía que algo no andaba bien. Había cosas que veía, cosas que escuchaba, cosas que prefería guardar en su cabeza como si fueran escenas de una película que nadie mås podía ver.

Como esa vez, cuando bajĂł de noche a la cocina y vio a su padre abriendo el refrigerador. Le pareciĂł raro que sacara la jarra de agua y le metiera algo. No dijo nada. Simplemente lo observĂł desde el pasillo, en silencio, con los pies descalzos y las manos frĂ­as. Desde entonces, nunca volviĂł a tomar agua de ahĂ­.

—¿Por quĂ© no tomas agua frĂ­a como tus hermanos? —preguntĂł una vez Ray, mientras le servĂ­a jugo.

Iseth solo se encogiĂł de hombros.

—No me gusta el sabor.

Y era cierto. No le gustaba. Porque desde esa noche, el agua sabĂ­a raro.

Y no era solo eso. Iseth escuchaba cosas. Gritos en la madrugada, insultos, peleas fuertes entre sus papás. A veces eran llantos. Otras veces, simplemente silencio tenso que se sentía como un cuchillo. Incluso cuando su hermana Maya recibía visitas a escondidas —especialmente de ese tipo mayor que estaba metido con la mafia—, Iseth lo sabía todo. Escuchaba la puerta, escuchaba los pasos, escuchaba lo que pasaba
 aunque siempre fingía no saber.

Nunca dijo nada. Ni siquiera cuando los gritos se volvĂ­an insoportables o cuando Ray, su mamĂĄ, parecĂ­a suplicar ayuda desde el otro cuarto.

“—¡No me toques! ÂĄDĂ©jame! ÂĄNo quiero esto!”

Porque si habĂ­a algo que Hiroshi sabĂ­a hacer, era callar.

Pero, aunque fuera muy reservado, Iseth no era alguien triste ni apagado. TenĂ­a su forma tranquila de ser, hablaba con todos, se llevaba bien con sus amigos y hasta recibĂ­a muchas cartas de amor, Iseth era popular. TenĂ­a muchas chicas que le dejaban cartitas en el casillero o le enviaban dulces en su cumpleaños. Nunca le gustĂł presumirlo. Le daba vergĂŒenza y siempre las escondĂ­a por pena. No querĂ­a que lo molestaran. Le gustaba pasar desapercibido, no llamar la atenciĂłn.

A veces no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama hasta que escuchaba a Maya ir al baño o salir a su cuarto. Entonces se levantaba y le pedía que se quedara con él. Ella lo arropaba y, sin decir mucho, lo dejaba apoyarse en su pecho.