<aside> <img src="/icons/wine_gray.svg" alt="/icons/wine_gray.svg" width="40px" /> Advertencia de contenido: lo siguiente incluye temas sensibles, como abandono, pobreza extrema, violencia emocional, autodestrucción y lenguaje explícito, violencia emocional, lenguaje explícito, situaciones de abuso, explotación, humillación y temas sensibles tratados con crudeza narrativa. Se recomienda discreción, No se recomienda para lectores susceptibles.

</aside>

Fragmento escrito para uso narrativo y ficcional en una obra de rol oscuro

La noche no olía a pólvora. Olía a hierro viejo, a sudor seco pegado a la piel, a algo que uno no puede limpiar aunque se arranque la carne con alambre de púas. Tokio, 2012. El aire se pegaba como mermelada podrida en la garganta y los neones no iluminaban: escupían luz sobre rostros que jamás merecieron nombre.

Él no era nadie. No oficialmente. No había archivos, no había pasado, no había nombre verdadero. No tenía afiliación. No tenía jefe. No tenía nombre en los registros ni documentos que lo ubicaran. Solo una pistola, una reputación que corría más rápido que la verdad y aolo una marca que recorría la espalda como si le hubieran abierto el alma a cuchillazos cuando niño, y una mirada hueca, hueca como un basurero de cuerpos. Le decían Rai. Pero ni eso le pertenecía.

Veintisiete años. Demasiado joven para parecer un muerto en vida.

Su trabajo era simple: estar ahí. Sombrero, traje, la mirada agachada pero el pulso firme como piedra. Trabajaba como guardaespaldas encubierto para gente de alto perfil. Diplomáticos. Actores. Empresarios con los bolsillos más negros que el petróleo. Específicamente, Guardaespaldas encubierto de un banquero rico, asqueroso, el tipo de hombre que se secaba la grasa de la boca con fajos de billetes. Rai estaba ahí para aguantar. Para proteger. Para mirar sin mirar.

Esa noche, el encargo era simple: custodiar al magnate extranjero durante una reunión de tráfico de información clasificada. Pero Rai no era estúpido. Lo habían contratado para algo más. Y lo supo cuando ingresaron a un edificio.. el mismo de siempre. uno donde aparentemente habían únicamente mujeres, un lugar peculiarmente raro.

Todo fue rápido. Demasiado.

Ingresaron a una aula, el hombre habló con un par de personas mientras Rai se observaba detrás suyo. Y tan derepente se fueron las personas, ingresó alguien.

Los ojos de Rai miraron con sutileza a la joven, después miró con serenidad el señor.

—¡No me veas a los ojos, imbecil! —gritó el cliente, ese bastardo podrido que pensaba que pagar por protección era lo mismo que comprar silencio eterno.

Pero ese día Rai no agachó la cabeza.

No cuando vio al tipo levantar la mano para tocar a la chica. Una de las muchas que tenían en la “colección”. No una mujer. Una posesión. De esas que ni lloraban ya. Una niña.

Y Rai se movió.