A veces Ryan sentía que recordaba todo.

Cada objeto.

Cada palabra.

Cada olor.

Pero todo estaba ligeramente fuera de lugar.

Como si alguien hubiera reordenado su infancia por colores y formas, pero no por emociones.

Nació con una hermana gemela, Myra.

Y nacieron bien.

No faltó nada. Ni ropa. Ni juguetes. Ni leche de fórmula importada.

Ni dinero.

Vivían en una casa de mármol pulido, pasillos infinitos, habitaciones con paredes blancas donde la luz rebotaba incluso cuando estaba nublado. Su cuna tenía cortinas y un proyector de estrellas en el techo.

Su ropa tenía iniciales bordadas.

Las niñeras eran distintas cada año, pero todas sabían tres idiomas y tenían cursos de primeros auxilios.

Las puertas no rechinaban.

Los platos nunca estaban sucios.

La seguridad era como el oxígeno: invisible, constante, eficiente.

Pero era una casa vacía.