La primera vez que Kenji sintió frío no fue por el clima. Fue por los brazos de su madre.

Unos brazos suaves, delgados, que olían a perfume caro y a humedad de camerino. Brazos que sabían envolver… pero no sostener.

Nació en silencio. Literal. Ni un llanto, ni un sonido. El doctor se preocupó. Maya no. Dijo que “seguramente era un niño tranquilo”, y en la sala no hubo más discusión. La enfermera lo limpió con cuidado, y Maya miró al techo como si estuviera contando las luces de neón, esperando terminar.

Cuando lo colocaron junto a ella, no lo abrazó. Solo lo sostuvo, como si fuera algo frágil y molesto. Un adorno. Kenji no lloró. No porque no quisiera, sino porque parecía entender que allí no había espacio para él. No más del necesario.

Sus hermanos mayores ya caminaban, balbuceaban, gritaban.

Kaito tenía un carácter explosivo que gritaba totalmente “mírame”, como Maya . Luka era más aguda, más despierta, siempre sabía dónde mirar para no ser alcanzada. Miku, la siguiente en llegar, lloraba como si el mundo se fuera a caer cada noche. Y mientras todos reclamaban su espacio en el hogar de los Lee, Kenji simplemente… observaba.

Desde la esquina de la habitación.

Desde el cochecito.

Desde el suelo frío de la sala, donde lo dejaban envuelto, con una mamila mal calentada que nadie volvía a revisar.

El caos familiar era ruidoso. Gritos de Maya al otro lado del pasillo. Puertas que se cerraban de golpe. El sonido del abuelo arrastrando los pies al caminar. El clink del hielo en el vaso. Y sin embargo, Kenji no lloraba. Era como si ya lo hubieran entrenado para no molestar.

No lo hacían a propósito. Maya lo miraba con una especie de cariño automático. A veces lo alzaba. Decía “este es mi bebé”, y sonreía, maquillada, perfecta. Luego lo dejaba en brazos de alguien más y salía por la puerta sin mirar atrás.

Cuando tenía casi tres años…

Solo había la puerta de un taxi abriéndose, y Kenji sentado en el asiento trasero, con las piernas colgando, mientras Maya le colocaba la gorra sobre los ojos.

—Vamos a ver a mamá Misaki —le dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Solo será un rato, ¿sí?

Kenji no respondió. Sabía que no debía hablar cuando Maya hablaba. Su voz era como vidrio: hermosa, pero si la tocabas demasiado… cortaba.

En el auto, ella no le dio la mano. Estaba ocupada mirando su celular. Al llegar, subieron las escaleras de un edificio pequeño, con olor a polvo y pintura vieja. Maya tocó la puerta, pero no esperó. Abrió con una llave que tenía guardada.

Misaki estaba dentro. Camiseta blanca, sin brasier, con el cabello atado de cualquier forma. No pareció sorprendida de verlos.

—¿Otra vez lo traes sin avisar?

—Te estoy dejando algo mejor que cualquier regalo.

Kenji solo miraba hacia el suelo. Recuerda los zapatos de Maya. Altos. Caros. Recuerda cómo giró sobre los tacones sin agacharse a decirle adiós.