A esas alturas, Ryan ya sabía cómo moverse entre los pasillos de KWIUT Entertainment.

Después de clases, no era raro que fuera directo a la agencia, a veces todavía con el uniforme escolar puesto, la mochila colgándole de un solo hombro, los cordones mal amarrados y el cabello ligeramente despeinado por dormir en el transporte.

Lo hacía sin decir nada, sin avisar.

Como quien llega a un segundo hogar, aunque tampoco se sintiera exactamente en casa.

La realidad era que nunca le gustó su casa.

Demasiado grande, demasiado fría.

Demasiado silenciosa… incluso cuando todos estaban dentro.

Así que prefería la agencia.

El murmullo de ensayos en otras salas, el olor a desinfectante mezclado con sudor y maquillaje, los gritos del staff de producción regañando a trainees que no daban el paso a tiempo.

Ryan no se consideraba un trainee como tal.

A veces ayudaba con cosas de edición de video.

Otras con mezcla de audio.

Y cuando su madre no estaba muy ocupada, le permitía estar cerca y ver.

Observar.

Aprender.

Y fue gracias a eso que empezó a entenderla un poco más.

Entendió que Daisy nunca quiso ser madre.

Que jamás supo cómo.

Y que probablemente no tuvo la opción de decidir.