El arma pesaba menos de lo que Ryan imaginaba.

No era su primera vez sosteniéndola —pero sí la primera vez con intención.

No había sonido en el jardín, salvo el crujir de las ramas y el roce leve del viento entre los arbustos altos. A esas horas, nadie pasaba por ahí. Nadie miraba.

Solo ellos.

Kenji estaba de pie detrás de él, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, corrigiéndole la postura con un gesto en la espalda baja.

—No tenses tanto los hombros —dijo con voz calma, esa voz que usaba cuando todo parecía ir demasiado rápido—. Y apunta más abajo. El retroceso te va a levantar el brazo.

Ryan tragó saliva. Sus dedos apretaban el gatillo con demasiada fuerza.

Kenji notó el temblor.

—No lo pienses tanto.

—Le bajó suavemente el brazo—. Disparar no se trata de moral. Es solo movimiento.

—Pero es un ser vivo… —murmuró Ryan.

Kenji lo miró, y luego al árbol.

Había un pájaro negro en la rama más baja. Inmóvil.

Kenji ladeó un poco la cabeza, evaluando. Después se acercó a Ryan por el lado izquierdo.

—¿Ves ese pájaro? —preguntó, casi en un susurro.

Ryan asintió.

—¿Qué te dice?

—¿Qué… qué me dice?

—Sí. ¿Te mira? ¿Te ignora? ¿Se asusta?

Ryan frunció el ceño. Volvió a mirar al animal. El pájaro los observaba de reojo, pero sin moverse.