En algĂşn rincĂłn olvidado, más allá de las estrellas que los mortales apenas podĂan soñar, existĂa un plano neutro.Un lugar donde el tiempo no caminaba, donde el espacio se retorcĂa sobre sĂ mismo en formas imposibles, donde el pensamiento mismo era ley.Y en el centro de aquel plano, habitaba Eros.
No habĂa otro como Ă©l.Ni antes, ni despuĂ©s.**Eros era el principio y el fin.**Un ser hecho de pura esencia creadora, de luz que no quemaba y oscuridad que no pesaba. Era majestuoso, era temido, era… completamente, irrevocablemente, solo.
Durante millones de ciclos infinitos, habĂa vagado en la inmensidad de su propio poder, creando mundos con un gesto, destruyendo galaxias con un suspiro, recreándolas de nuevo solo para no olvidar cĂłmo se sentĂa crear.Pero ningĂşn universo, por vasto que fuera, podĂa llenar el vacĂo que latĂa dentro de Ă©l.El vacĂo del que ningĂşn poder lo habĂa salvado:La soledad.
—¿De qué sirve ser el dueño de todo… si no tienes a nadie con quien compartirlo? — murmuró, su voz resonando en todo el plano como un eco sin fin.
Fue en una noche eterna, en una fracciĂłn perdida del no-tiempo, que Eros se hartĂł de su aislamiento.Y decidiĂł amar.
No amar como los mortales, efĂmeros y desesperados, sino amar creando. Crear no solo vida, sino compañĂa. Crear no solo existencia, sino propĂłsito.
Asà nació Evadne.
De su propio aliento, de su propia esencia moldeada con ternura infinita, Eros trajo a la existencia a una figura que desbordaba perfecciĂłn.Cabellos que fluĂan como rĂos de estrellas, ojos que contenĂan amaneceres nunca vistos, piel tan radiante que parecĂa cantar al ser rozada por la nada misma.
Evadne, su hija.
Evadne, su heredera.
Evadne, su milagro.
Pero Eros no se detuvo ahĂ.EntendĂa que un solo ser no podĂa sostener el equilibrio de un plano tan vasto.AsĂ creĂł dos entidades más: Ayame y Chuuya. complementos perfectos, contrastes vivos de moralidad y fuerza.
Les entregĂł tres vidas a repartir entre ellos:Una muerte compartida, un destino entrelazado.
El plano vibrĂł de emociĂłn, por primera vez en su eterna historia.
Y fue hermoso.
Los tres seres —Evadne, Ayame y Chuuya— aprendieron a caminar entre mundos, a moldear realidades, a observar las danzas de la vida y la muerte como si fueran sinfonĂas vivientes.
Evadne, sin embargo, siempre fue diferente.Más curiosa. Más intrépida. Más... humana.
Eros la amaba por ello, aunque en su mirada divina se escondĂa una sombra de preocupaciĂłn.
Ella querĂa más.
QuerĂa comprender no solo la luz del plano neutro, sino la oscuridad que nacĂa en los rincones olvidados.QuerĂa entender por quĂ© el dolor existĂa incluso en los lugares más perfectos.