La casa siempre olía a whisky y a silencio.Daisy creció en una de esas mansiones donde todo brillaba excepto las personas. El mármol blanco del suelo se sentía tan frío como la mirada de su padre. Jschlatt. El nombre le retumbaba en la mente como una campana rota. Siempre vestido de traje aunque no tuviera a dónde ir, el hombre era una sombra larga que cruzaba los pasillos sin dejar rastro de afecto.
A los siete, Daisy ya había aprendido a no hacer preguntas.A los ocho, a no esperar que nadie la arrope antes de dormir.A los nueve, a no llorar.Y a los doce… a sonreír con la boca cerrada, como si cada emoción fuese un secreto que debía enterrarse.
Esa noche, el eco del silencio se mezclaba con las risas lejanas que se colaban desde los pisos bajos, donde su padre adoptivo se entretenía con los socios de negocios de Quackity. Las luces estaban apagadas. Solo la brasa de un cigarro iluminaba el rostro de una niña que, sentada en el alfeizar de su ventana con una bata rosa raída, se limitaba a mirar al vacío.
—Hoy tampoco subió. Ni preguntó si cené. Ni siquiera dijo si le gustó el dibujo que dejé sobre su escritorio… ¿Para qué mierda lo sigo intentando? —susurró, con una voz seca, cansada.Desde la altura, vio cómo un grupo de adultos descendía de un coche negro. Uno de ellos tropezó con una botella, y nadie se detuvo a ayudarlo.
Así aprendió que la debilidad no se respeta. Que en este mundo, si no brillas, te aplastan.
Jschlatt no la odiaba. Simplemente no tenía tiempo para ella. Las niñeras rotaban como ropa de temporada y su hermano mayor, Tubbo —que solo venía en vacaciones—, se limitaba a mirarla con una mezcla de compasión y desdén.—Tienes suerte —le dijo una vez, arrojándole una caja de bombones a la cara—. No te exige nada, ni siquiera que lo quieras.
Y tenía razón. Jschlatt no esperaba amor. Solo silencio. Orden. Que no lo avergonzara.Pero Daisy no estaba hecha para callarse.Desde pequeña, hablaba con las paredes. Cantaba. Se paraba frente al espejo con un cepillo como micrófono y se imaginaba frente a miles. No era vanidad, era necesidad. Tenía que inventarse un mundo donde alguien la escuchara, porque el suyo estaba mudo.
Cuando cumplió catorce, le pidió a su padre entrar a una academia de élite en Tokio.Y Jschlatt, como siempre, no puso objeción.—Haz lo que quieras. —Firmó los papeles con la misma indiferencia con la que firmaba cheques.
No la acompañó el primer día. Ni el segundo. Ni ningún otro.Pero ahí comenzó Daisy.Una Daisy distinta. La de la mirada delineada y el gloss con sabor a cereza.La que aprendió a moverse como una estrella incluso cuando no se sentía ni una luciérnaga.
Academia moon petal academy / 1er año, 15 años de edad
Daisy destacaba. No porque lo intentara, sino porque no sabía cómo no hacerlo. Desde que llegó a Tokio, su mirada intimidante, su cabello perfectamente alineado en rizos, y esa actitud de “me da igual quién seas, no eres yo” la hicieron popular… y odiada.
Una tarde, mientras ensayaba para una actuación de la academia su maestro se le acercó:—Tienes carisma, Daisy. Pero no te comprometes con tu papel. ¿Por qué estás aquí?Ella levantó la mirada, alzó una ceja y respondió:—Porque quiero ser recordada.
Ahí nació su idea de ser idol.
No por amor al arte. No por el canto. Sino porque era la única forma legal de ser adorada como una diosa sin tener que amar a nadie de vuelta.
Pero ahí comenzó Daisy.